Colaboraciones

30 de septiembre de 2008

"Nunca se quien es el asesino" entrevista a Leonardo Padura Fuentes

Ascen Arriazu

“Nunca sé quién es el asesino, cada novela es un aprendizaje de cómo se escribe”. Leonardo Padura Fuentes: la pluma del misterio.

Autor: Ascen Arriazu

Canning House es el nombre de uno de los magníficos edificios blancos de la señorial Belgrave Square en Londres. Tras los grandes ventanales a través de los cuales pueden distinguirse los techos majestuosos con sus suntuosas arañas de luz, se esconde el espíritu latino de la ciudad. La biblioteca, una de las mejores en lengua española en la capital británica, junto a la no muy lejana del Instituto Cervantes, es tan sólo uno de los muchos servicios que ofrece la organización. En realidad se podría decir que los embajadores culturales de los paises hablantes de portugues y castellano se encuentran en esta esquina de la plaza.

El pasado día 27 de marzo, nos deleitaban de nuevo con una de sus bien organizadas actividades, la presentación de la versión inglesa del libro Paisaje de otoño del popular escritor de novela negra cubano Leonardo Padura Fuentes. Padura sorprende por su sencillez, su seria simpatía y su accesibilidad. Tras unos minutos de amena charla con él, uno se siente casi frente a Mario Conde, el inspector protagonista de sus relatos. De su pluma han surgido una serie de relatos detectivescos únicos en su género, en los que no sólo se disfruta de la incertidumbre del misterio, del crimen irresuelto que va deshilvanándose mediante las pesquisas del Conde, sino de la representación de la Cuba vivida por el escritor, la sociedad de La Habana, con sus problemas y sus prejuicios. Admite escribir para los cubanos pero no de una manera localista, sino tratando temas que, aun centrados básicamente en su país, pueden perfectamente ser comunes a muchos otros países, es ésto lo que ha hecho que sus obras se publiquen hasta ahora en más de 10 idiomas. Algunos de sus títulos son: Adiós, Hemingway, Pasado perfecto, Paisaje de otoño, Máscaras y Vientos de Cuaresma.

También ha publicado con singular éxito varias obras de ensayo, estudiadas en las mejores universidades como complemento de las asignaturas de estudios políticos latinoamericanos: Con la espada y con la pluma: Comentarios del Inca Garcilaso, Un camino de medio siglo: Carpentier y la narrativa de lo real maravilloso o La cultura y la revolución cubana. Conversaciones en La Habana, por mencionar algunas de ellas.

El escritor nació y vive en Cuba. Al preguntarle por los motivos que le han hecho decidirse por seguir viviendo en su país cuando muchos otros artistas e intelectuales lo han dejado ya hace tiempo, me mira pensativo y dice: “Hoy queríamos caminar y entramos en el museo Británico que queda muy cerca de nuestro hotel. Conversábamos sobre Guillermo Cabrera Infante y sus sentimientos sobre Cuba. Pensamos que los pequeños detalles, incluso el clima y la temperatura, son importantes. Son parte de uno, uno pertenece a una cultura y eso es todo. Aquí a nadie le importa el béisbol por ejemplo; yo soy un hombre de hablar, aquí no te hablan en la parada del autobús; el mundo de Cuba, mi cultura, para mí es fundamental como fuente de inspiración”. “He visitado muchos lugares: Alemania, Nuremberg, Toscana… ¡preciosos! pero sé que no puedo vivir en ellos”, asegura, “las relaciones humanas están por encima del individuo, incluso algo tan simple como el buen café adquiere importancia. Todo ese tipo de elementos tiene que ver con una decisión. En la casa donde vivo vivió mi padre y antes mi abuelo. En esa casa yo nací. Trato de que la política no me entorpezca mi relación idílica con mi país”.

Admite de todas formas mantener una dolorosa relación con el exilio: “Prácticamente toda mi familia paterna vive fuera”, cuenta, "mi hermano menor y muchos amigos. Es una relación intensa, familiar y dolorosa”. Insiste en que para él lo importante es que cada cual respete las decisiones ajenas y que vive en cuba “¡porque quiero y porque me da la gana!”, que lo fundamental es el derecho de cada uno a no ser juzgado por los otros en lo que se refiere a las circunstancias que rodean sus propias decisiones.

Se queja del tiempo londinense. ¡Cómo no!: “En Cuba hay siempre alrededor de 26 o 27 grados”, dice. Comenta la frialdad que aprecia en el ciudadano que circula disparado por las calles, no puede evitar contrastar cada cosa con su Habana. La Habana que retrata en sus libros, una vez de rojo: “Havana Red” es el titulo inglés de su novela “Máscaras”; otra de negro: “Havana Black” el de su “Paisaje de otoño”; pero siempre con conocimiento y con desenvoltura, sabiendo de qué se habla y siendo totalmente consciente del gran desarrollo del país: “Tengo la fortuna de que todos mis libros se han publicado sin censurar una sola palabra”, asegura, “en los setenta u ochenta, no se hubieran publicado. Tuvo que venir una crisis en los noventa, para que hubiera esta visión diferente”.

Sus libros son muy críticos, pero dice que existen varios factores que han incidido en ello. Afirma que tras la represión precedente a la época de los noventa, la actitud de las autoridades culturales cubanas es ahora más inteligente, ha cambiado grandemente. El año pasado se republicaron en su país cuatro de sus novelas como regalo de su cincuenta cumpleaños. Es aquí donde nos recuerda que no hay relación entre el número de copias vendidas en su país y el dinero obtenido de las ventas, pero que para él lo más importante es que sus libros se vendan. Son libros que han sido escritos con el lector cubano en mente, es solamente tras un inesperado éxito en España que han sido publicados en más países. “Ahora mis libros son publicados primero en España por razones de contrato y como no pueden ser importados en Cuba (catorce euros, el precio de un ejemplar en España, es lo que gana una persona en Cuba en un mes) entonces se hacen ediciones diferentes. ¡Ojalá yo tuviera una respuesta económica!”, bromea. En cuanto al tema del poder gobernante en Cuba dice: “El poder trata de hacer olvidar. La represión comenzó en los sesenta, fue brutal en los setenta, pero la situación ahora ha cambiado, se tiende a olvidar”. Hablamos de la revolución y la contrastamos con la masonería, él me recuerda que otro de sus libros, “La novela de mi vida” habla sobre el tema. “Mi padre se volvió masón en el 49, un masón muy convencido. Aunque es un movimiento con mucho secreto, lo que es públicamente conocido es su espíritu fraternal, todos son iguales”. “Algo que recuerda a la filosofía de la revolución”, sugiero.

“La revolución llega y envuelve a todo un país, es como un río que se desborda”, responde. “Algunos se sienten irremediablemente atraídos por ella. Pero en los noventa hubo un cambio muy importante en el terreno político. Aunque Fidel siguió, fue un cambio que tuvo que ver con la mentalidad, la apertura en el mundo cultural, literario, teatral”. Como él mismo indica, un ejemplo de esta nueva apertura fue la película “Fresa y chocolate” en la que se trata abiertamente el tema del homosexualismo, tema común a su novela “Máscaras”. “Se ganó espacio de libertad pero aún existe un regreso a la dogma” dice.

En la intimidad de la sala del primer piso de la Canning House, con sus imponentes ventanas, la voz del escritor suena decidida, tranquila. La lectura del extracto de su “Havana Black” nos materializa la voz de un Mario Conde distinto al que yo misma había imaginado en mi cabeza al leerlo en casa. En la voz de Padura, la dulce cadencia caribeña de sus palabras acercan más al policía, a su verdadera personalidad, a sus inseguridades, a sus corazonadas. Me creo ante un Colombo cubano, sin gabardina, pero con el puro y la mirada pensativa. Padura enfatiza sus palabras de agradecimiento a los organizadores y al traductor de su libro, Peter Bush, quien leerá los extractos en inglés.

“El trabajo de Peter es serio, respetuoso”, dice. “En este evento éste es un aspecto muy importante porque muchas veces el traductor es un ente anónimo, poco reconocido y ésto me parece injusto”. Padura explica cómo traducir no significa transcribir las palabras de un texto a otro, lo más importante es transmitir el espíritu de la obra. Pocos autores reconocen abiertamente su relación con el traductor, con el otro escritor de sus novelas en un acto en el que la comprensión debe ser, de hecho, incluso mayor de la del propio creador; la relación con el texto incluso más intensa.

La novela trata de las pesquisas sobre la muerte de Miguel Forcade Mier. Un cubano, residente en Miami, que regresa a Cuba. Padura detenidamente, con una paciencia que ya queda a pocos habitantes de ciudades como ésta, explica las bases de la novela, sitúa al espectador en el tiempo, en los acontecimientos. Explica cómo es siempre la trama policial la que se desarrolla alrededor del protagonismo de sus personajes. En este caso la atención del policía se ve acaparada por las obras de arte de la estancia, aparentemente sin importancia para el caso en un principio pero que dan a la obra la realidad ausente muchas veces de las obras del género. La historia de Conde es en realidad la historia de toda una generación. Conde es, según el propio autor, una metáfora de su generación, de las desilusiones que vivieron, de la amistad, del desencanto. “En el fragmento se explica el carácter metafórico, ¿se imaginan un policía que tenga dudas de si una obra es de Cezanne o Matisse? Mario Conde es en la medida en la que es, un intermediario entre la realidad y la literatura. El es un personaje que no sabe prácticamente de investigación criminalista. Cuando siente que está cerca de la realidad, tiene un dolor cerca de la tetilla. Lo fundamental es que representa una visión de mi generación. No es la única versión posible, sino la mía.”

El sentimiento común de desencanto del que habla el autor se refleja en la manera de ver el mundo del teniente. Mario Conde sufre al ver el deterioro de los edificios, tiene creencias casi fundamentalistas en ciertos aspectos. Posee un alto concepto en lo que se refiere a la fidelidad, a la amistad. El escritor confiesa tratar de cultivar él mismo estas virtudes en la medida posible de su propio carácter. El Conde está impregnado de la propia personalidad de su creador. El extracto leído enfatiza la humanidad del Conde, cuando en lugar de concentrarse en el análisis del cadáver de Gerardo Gómez de la Peña, se imagina que él también quisiera llevar unos zapatos como los del muerto. Unos zapatos mucho más reales que la trama presentada por el libro: marrones, suaves, italianos. (Yo miro adelante, bajo la mesa donde se sientan escritor y traductor, y me pregunto si los zapatos marrones de Peter Bush también serán italianos). Una vez más Conde me ha encandilado con sus pensamientos, sus hipótesis quizás demasiado terrenales y al mismo tiempo demasiado filosóficas. Nos presenta una vez más a ese detective, escritor frustrado, que por medio de las pesquisas de sus investigaciones se cuestiona las eternas dudas existencialistas: ¿quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Qué queremos?

“Mi pretensión al escribir esta novela y las series de Conde fue escribir unas novelas de carácter policial, pero sobre todo social”, continúa, “una de las necesidades que yo sentía era dejar una muestra de un tiempo histórico que vivimos en Cuba y específicamente el sentimiento de desilusión cuando el mundo ideal del que nos habían hablado comenzó a desvanecerse y llegaron rumores de que la Unión Soviética no era lo que nos habían enseñado. Por eso creo que estas novelas son policíacas, sociales, pero también tristes.” Esa tristeza se condensa de manera particular en el personaje del Flaco Carlos, un ex-combatiente de la Guerra de Angola de la que Padura comenta: “No existe un síndrome similar al de la guerra de Vietnam, además no hay la misma relación con una guerra cuando se está en el lado ganador o en el perdedor”. Orgulloso relata cómo gracias a la intervención cubana, no sólo Angola mantuvo la independencia, sino que se ayudó también a cambiar el mapa político del cono sur de África. Pero cicatrices tanto físicas, como las de Carlos, como psicológicas, acompañarán a los que vivieron el conflicto para siempre: “A nivel individual quedaron traumas”, se lamenta,”para mí fue muy difícil, había violencia, miedo, yo descubrí el sentimiento de miedo estando en Angola”. La cálida voz del escritor sigue llegando desde la mesa, delante de una inmensa chimenea inglesa con querubines y demonios en relieve. (Se me ocurre que Conde se preguntaría por el origen del mármol). Con la lectura de la traducción del texto al inglés, la fluidez de la voz de Peter Bush con acento perfecto, tan sólo rota de vez en cuando por los nombres hispanos, podría situar la escena en cualquier barrio neoyorquino, una escena en blanco y negro, como las de las películas policíacas de los años cincuenta. Pero la narrativa de Padura va muchísimo más lejos, como él mismo ha comentado, no encierra sólo el misterio y la inquietud característicos de la novela negra. La sociedad cubana se asoma al lector desde las líneas del libro, el calor siempre presente, el clima suave de la isla, la humedad en la camisa del policía, casi pegándose a los sobacos del propio lector, para hallarse uno de repente en la parada del autobús de esta ciudad europea y fría donde, como dice muy bien el autor, nadie te habla. La economía, la política están siempre sosteniendo la trama, equilibrando el misterio con la realidad de los zapatos italianos envidiados por el Conde. Escuchando en silencio, no puedo menos que observar los detalles que me rodean, mirarlos a través de los ojos del inspector, que los miraría inquisitivamente, desde la oscura pintura sobre la gran chimenea, hasta la pequeña grieta en la escayola del techo; desde la magnificencia de las lámparas en forma de candelabros y las cortinas doradas, hasta la decadencia de las esquinas raídas de la alfombra. Los miro valorándolos y, contagiada de esa magia detectivesca, sospechando de cada objeto, de cada persona.

Los nombres de los personajes de la obra de Padura son escogidos intencionalmente, algunos como Conde o Marqués, de alusiones aristocráticas en apariencia, son simplemente apellidos comunes en lengua castellana, pero el autor juega con el doble significado, con los tratamientos plebeyos de los protagonistas. Explica cómo originalmente el personaje principal se llamaba Mario Lamar, y era protagonista de uno de sus primeros relatos. Al plantearse el rescate del personaje para otros trabajos observó que el apellido Lamar terminaba como los verbos en –AR españoles y resultaba demasiado cacofónico, por lo tanto tuvo que decidirse por otro nombre. Curiosamente Mario Conde es también el nombre de un conocido banquero en España, director del Banesto y detenido tras un gran escándalo de desfalco, siendo también infamemente popular en el panorama periodístico y de cotilleo de las crónicas de sociedad españolas. Por supuesto Padura aclara que ni siquiera sabía de la existencia del Conde real cuando el Conde literario nació de su tinta.

Uno de los títulos mas vendidos de Padura es Adiós Hemingway: “Hemingway fue mi primera gran influencia literaria”, dice, “me engañó dos veces: la primera cuando me hizo creer que escribir como él era muy fácil; la segunda cuando me hizo creer que la vida de los escritores era así de divertida”. “Tenía, no el deseo… ¿cómo te diré?” continúa pensativo. “Había una motivación que alguna vez me llevaría a escribir sobre él, pero no como ensayo, la forma en la que se construye una biografía. Quería escribir sobre el Hemingway más real, lejos del escenario, cuando se enfrenta con sus dos grandes temores: la imposibilidad de escribir y la muerte”, explica mencionando también la egolatría del gran americano. Pero ambos engaños ya se los ha perdonado. No así el descubrimiento de que fue un traidor para con algunos de sus mejores amigos. Es toda esta desilusión la que lo llevó a ir “cocinando”, como él dice, la novela. No lo critica sino que trata de entender sus sentimientos sobre todo en los últimos momentos de su vida.

Una característica del trabajo de Padura es la intertextualidad, en sus obras se reflejan nombres de escritores que lo han impresionado de alguna manera, incluso alusiones y citas de otros trabajos de los mismos. Nada parecido al plagio, al contrario, una especie de homenaje personal a aquellos que han conseguido impactarle de alguna manera. Tiene la creencia de que los escritores se nutren unos de otros, todo está ya escrito, se trata de la forma, del orden de las frases y las palabras, del estilo que cada uno da a su propia obra. Personalmente no puedo evitar que el teniente me recuerde un poco al comisario Flores, el protagonista de “Misterio de la cripta embrujada”, de Eduardo Mendoza. A él como a Conde, también le gusta el fútbol. De la misma manera que la obra cubana, la española también encierra aspectos de análisis y crítica social, reflejando en este caso, la sociedad española en los años de la transición democrática, teniendo en común también una cierta tristeza, una mundanidad casi doliente.

La técnica que utiliza Padura es olvidarse de la trama, “nunca sé quién es el asesino”, dice, “cada novela es un aprendizaje de cómo se escribe, no podría decirte tengo un sistema, cada novela funciona mejor o peor. Soy un escritor que luego de tener las ideas y las investigaciones, empiezo a buscar las formas”.

Igualmente yo tampoco he descubierto todavía quien es el culpable del misterio que me ocupa al momento. Me pregunto si no es realmente Padura el detective frustrado en lugar de como él mismo sugiere, Conde el escritor desesperado por encontrar la inspiración para escribir. Incluso puede que sean una misma persona, de todas formas, una vez visto de cerca al autor, no se pueden separar su imagen tranquila, su mirada inquisidora, de las del policía que no quiere ser policía pero continua siéndolo en servicio del lector que espera impaciente la publicación del siguiente caso.

Esta es, sin duda, una lectura amena para el que quiera relajarse, pero intensa para el que quiera profundizar en el existencialismo de su creador. Por uno u otro lado, la satisfacción intelectual está asegurada: ¡Sírvanse, señoras y señores, del banquete de Padura/Conde!

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